Lic. Fabián C. Flores (año 2002) – Estudiante de Postgrado – Universidad de Luján
http://www.naya.org.ar/congreso2002/ponencias/fabian_flores.htm
La identidad, en la medida en que es una construcción social, se reproduce en forma permanente de acuerdo al conjunto de los mecanismos disponibles con los que cuenta cada grupo, culturalmente definido, y a través de los medios con los que éste considere se puede efectivo. Las instituciones, en la mayoría de los casos, juegan un papel central en este proceso y son las que se encargan de crear ciertas formas institucionalizadas de reproducción del patrón cultural existente y de la identidad misma del grupo. La vida social se basa en organizaciones jerárquicas que implican, de hecho, que cada uno de sus miembros tenga el sentimiento de pertenecer a un mismo conjunto de representaciones del cual se siente responsable y solidario tomando en ciertos casos, una forma afectiva: la de comunidad (Claval, 1999).
La comunidad, de hecho, sirve de modelo para toda una serie de unidades sociales y culturales. De este modo, un pequeño grupo de individuos vinculados por relaciones de confianza mutua, puede multiplicarse por dispersión o extenderse hasta englobar a un gran número de personas ligadas por ciertos rasgos comunes. La base de la construcción de la identidad, entonces, es la conciencia común de tener todo un conjunto de características que los identifican como pertenecientes a un grupo y diferentes del resto.
El concepto de comunidad puede ser aplicado a los adventistas [2] si tenemos en cuenta que, en principio, poseen un sistema de creencias, una cosmovisión, afín que los identifica como tales. Pero yendo más allá, la base territorial sobre la cual se asienta el grupo es muy importante para que se puedan desarrollar ciertas relaciones sociales que favorezcan la solidaridad y la cohesión. En esto, sin lugar a dudas, la proximidad física juega un papel central ya que a veces se puede transformar en un obstáculo, cuando las distancias son muy grandes y a veces no. La organización de Villa Libertador San Martín favorece la estructuración de un espacio al servicio de las necesidades de la Iglesia y sus instituciones, en la medida en que se estructura en forma panóptica favoreciendo al control social [3] . El papel central que jugó la Iglesia Adventista en el proceso de organización del espacio explica entonces, las características de la territorialidad actual.
Pero el concepto de comunidad, en realidad, va más allá de la identificación con un cierto conjunto de ideas o creencias y se traduce también en un conjunto de prácticas y conductas que determinan un modo de vida. En ella, los estilos de vida son similares y la ayuda mutua continua. A esto se le suma un sentimiento vivo del lugar, la comuna como patrimonio común, tanto si la propiedad es total o parcialmente colectiva como si es privada (Claval, 1999). La comunidad adventista traduce un conjunto de valores en prácticas concretas que originan un cierto modo de vida acorde a su sistema de creencias. La idea de que el cuerpo humano no es propiedad de los hombres, sino de Dios, y que tienen obligación de cuidarlo y llevar a cabo una vida sana obliga al desarrollo de ciertas conductas y a la prohibición de otras. Por ejemplo no fumar, no tomar sustancias nocivas para la salud, alcohol, drogas, realizar actividades físicas en forma periódica, etc. Esto se complementa con el desarrollo de una dieta octo-lácto-vegetariana, sin carne, con alimentos no grasos, sin cerdo (esta prohibido su consumo) y harinas integrales. [4] La religión marca preponderantemente los regímenes alimentarios porque impone el ritual de ciertos alimentos, la prohibición de algunos y la sacralización de otros (Claval, 1992).
A otro nivel, pero también consecuencia del sistema de creencias, hay una serie de conductas que llevan a cabo todos los miembros, o la mayoría de ellos, y que hacen a su forma de vida. No asisten a lugares bailables, no usan joyas ni ningún tipo de adorno, la vestimenta suele ser sencilla, sobria y no aceptan mantener relaciones pre o extramatrimoniales. Por lo tanto las diferentes facetas de la existencia colectiva están vinculadas permanentemente de manera que no pueden separase el trabajo, los hábitos de consumo y las creencias religiosas. “En una sociedad determinada, ciertas formas de trabajo y de ganarse la vida, parecen más honorables, más gratificantes o más respetables que otras y esto deriva que los grupos son portadores de ideologías que llegan a jerarquizar” (Claval, 1992)
A partir de la instalación en Villa Libertador General San Martín de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, mediante sus dos instituciones “madres”, el Colegio y el Sanatorio, se fueron desarrollando una serie de relaciones sociales vinculadas a la idea de crear una comunidad “adventista” acorde a los ideales y valores de esa religión. Para ello fue necesario contar con una serie de instituciones, dependientes de la Iglesia, que desarrollen la tarea de producir y reproducir el patrón cultural que se pretendía difundir.
Es sin duda, el Colegio Adventista del Plata [5] el que cumple el papel principal en este proceso. Desde su génesis a fines de siglo XIX, el Colegio no solo cumplió con la función de brindar servicios educativos sino que se transformó en la institución pionera y pilar en la organización de las relaciones establecidas hacia el interior de la sociedad que es objeto de nuestro análisis. A partir de la década del sesenta se incrementan los ámbitos sobre los que tiene incurrencia el Colegio. Esta expansión podría tener que ver con la necesidad de crear formas institucionalizadas para constantemente recrear el patrón cultural hegemónico frente al crecimiento demográfico de la Villa.
Tal puede ser la función, por ejemplo, del Club de Conquistadores que surge hacia 1960, un grupo similar a los Scout, y cuyos objetivos se basan lograr un acercamiento entre los jóvenes y de éstos con Dios, y que realizan actividades de formación cívica y adiestramiento manual, que llevan a que el joven logre descubrir las grandes bondades de la naturaleza, a través de campamentos, caminatas, excursiones y reuniones sociales (Wensell, 1993). Es evidente, entonces, que los objetivos apuntan a conseguir ciertas formas de conservación de la identidad grupal, y al mismo tiempo de establecer un más estricto control sobre los alumnos del Colegio, y los otros miembros de la comunidad, en todo lo que compete a los usos del tiempo libre.
También la acción del Colegio alcanza otras esferas, por ejemplo a través de las publicaciones. El Periódico la Voz del C.A.P. es el medio gráfico más importante de la Villa y es realizado por sus propios alumnos. Fue creado en 1923 y es editado por la imprenta del Colegio. Trata sobre temas vinculados con las actividades de esta institución, pero también aquellos que tienen que ver con lo propiamente religioso, como ser clases sobre la Biblia, lecturas e interpretaciones de textos religiosos. Se complementa con informaciones diversas sobre las actividades sociales que tienen lugar en la vida cotidiana del pueblo pero siempre que se relacionen con la Iglesia. A partir de la década del sesenta el tiraje comenzó a decaer notoriamente, publicándose un número por mes, y luego uno por bimestre, para finalmente, en la década del setenta, llegase al límite de una publicación anual. Claro que no es éste el único emprendimiento editorial del Colegio, a él deberíamos agregar la revista “Enfoques”, publicado por el Instituto Superior Adventista del Plata; “Educando”, destinado a los propios docentes, con artículos pedagógicos, “La Voz” con información sobre la escuela y la Villa, “Romance”, de carácter literario y “Ondas”, exclusivo para el personal y los alumnos del C.A.P.
Otros aspectos de la vida social de la comunidad son comprendidos también por la institución a través de los coros, la Banda y las diferentes asociaciones de alumnos cuyos objetivos apuntan a “estimular la cortesía entre los estudiantes, mejorar las residencias y preparar programas culturales que fomenten la camaradería entre los internos” (Wensell, 1993). Un similar ejemplo puede encontrarse en la Creación de la Asociación de Egresados, que se reunió por primera vez en 1909 con el fin de organizar el décimo aniversario de esta institución. Con el correr de los años se fue incrementando el número de sus participantes, hasta que se institucionalizó oficialmente en 1988 bajo la denominación de “Asociación de Amigos y ex alumnos del Colegio” afirmándose en su papel de reproductor de las formas culturales adventistas.
Un papel no muy distinto aunque de menor intensidad probablemente, desempeña el Sanatorio. La presencia de la Escuela de Enfermería, surgida a partir de 1908 y durante un tiempo trasladada a juridicción de S.N.E.P., el Instituto Adventista de Estudios de Salud, sus publicaciones, como “Saludándonos” o “Salud con futuro”, e inclusive los programas de radio a su cargo demuestran la labor desarrollada por esta Institución en la creación de nuevas formas organizadas de reproducción cultural. Pero quizás son dos las vinculaciones más evidentes de esta entidad con ese fin y que merecen un análisis particular, en la medida en que se convierten en modos de reproducción de una forma de ser pero también del capital de la Iglesia. Nos estamos refiriendo al C.V.S. (Centro Adventista de Vida Sana), creado en 1982 como un centro de medicina preventiva muy vinculado a los valores del estilo de vida adventista. A decir del pastor E. Wensell (1993) “...se realizó con el propósito de seguir, en la medida de lo posible, las huellas de Jesucristo, quien no se limitó solamente a sanar a los enfermos”. Para poder participar del tratamiento que ofrece este centro preventivo debe aceptarse un reglamento interno que establece ciertas pautas de conducta que se deben cumplir mientras se permanece en el lugar. Se establece una rutina diaria que complementa las formas de alimentación acordes al tratamiento que cada paciente está efectuando. Los costos del tratamiento y de la estadía que rondan 1560 pesos por diez días o 1180 por una semana de internación.
Otra entidad que merece nos detengamos en ella es el FO.CO.MU. (Fondo de Cobertura Mutua) que, si bien es independiente, está vinculado a la Iglesia Adventista del Plata. Surgió en 1985, con empleados del Sanatorio y del Colegio, y en un primer momento, su objetivo era proveer ayuda recíproca en caso de accidentes de automotores, para luego ir extendiéndose a otros beneficios. También está el S.A.M.A. (Servicio Asistencial Médico Adventista) que es una entidad prestadora de medicina pre paga administrada por la Iglesia Adventista del Séptimo Día y dependiente del O.F.A.S.A. (Obra Filantrópica y Asistencial Social Adventista) que en la actualidad posee casi cinco mil afiliados. Más allá de estas dos instituciones, existen otras, que actúan en todos los aspectos de la vida social y cultural de los habitantes de la Villa.
En el esquema N°1 nos muestra todas las vinculaciones de la Iglesia en la trama de relaciones económicas, sociales y culturales de Puiggari. Como podemos observar en el esquema, se podría decir que, la vida “social” del pueblo está organizada en torno a una serie de instituciones manejadas directa o indirectamente por la Iglesia. El Centro de Jubilados y Pensionados de la Villa que realizan fiestas anuales y cuyo objetivo se centra en “cultivar la fraternidad cristiana y colaborar con la marcha de la Iglesia”, es uno de los tantos espacios de reproducción de las relaciones sociales y culturales que se dan en el seno de las familias adventistas. Otro ejemplo claro es el caso del Club Social Recreativo Libertador creado en 1979, o Asociación Amigos de la Villa Libertador San Martín surgida en 1966 por iniciativa de un grupo de adventistas y con objetivos tan bien definidos como los de “favorecer la concreción de medidas de progreso, de convivencia, de embellecimiento y moralidad de acuerdo a los principios de la religión adventista” (Wensell, 1993). En sus primeros años, sin embargo, está entidad tuvo atribuciones bastante particulares, entre ellas, el control del crecimiento de la Villa de acuerdo a ciertas normas establecidas por su estatuto. Tuvo, en definitiva, una especie de control sobre el poder local hasta la creación del Municipio en 1971, sobre todo en lo que se refiere a la ordenación del espacio urbano. “Durante cinco años, la Asociación hizo en gran medida el trabajo de un gobierno local, impulsando la construcción de veredas de hormigón, interviniendo el trazado de nuevas calles, enripiando las calles principales a fin de poder transitar los días de lluvia y exigiendo el trazado de ochavas en las esquinas. Se dio el nombre a las calles, colocando los correspondientes letreros identificatorios”. [6]
La tarea político-administrativa desarrollada por esta entidad en los años previos a la formación del Municipio se va a traducir después, en la creación, de un partido político el A.V.U. (Asociación Vecinal Unida), influido también con los principios del adventismo. Cuando retornó la democracia en el año 1983 y el Municipio de Villa Libertador San Martín debió elegir a sus autoridades locales, triunfó el candidato del A.V.U. quien gobernará sin interrupciones, a través de sus diferentes candidatos, hasta la actualidad. Es interesante ver la influencia que tiene este partido en la localidad y sobre todo como, a través de sus medidas, se transformó en un elemento indispensable para la conservación de la identidad y los ideales adventistas. En el año 1996, el intendente Ruben Oscar Ordoñez, llamó a una consulta popular no vinculante para que los ciudadanos se pronunciara sobre la promulgación de una ordenanza en donde se prohibía la venta de alcohol y tabaco en la Villa de acuerdo a los dictados de la religión. Los resultados fueron contundentes: el 60 %de la población votó a favor de la prohibición total de alcohol y tabaco, el 30 % para que la prohibición se estableciera en los negocios ubicados en una distancia considerable a determinar de toda institución educativa y de salud. Solamente el 10 % (12 vecinos) votaron por la libre venta de ambos, en lo que es, sin lugar a dudas, un ejemplo concreto de las acciones que desde se llevan a cabo con el fin de reconfirmar la reproducción de los patrones culturales desde el ámbito de la política.
A esto habría que sumarle además, la labor desarrollada por los medios de prensa como el periódico “La Villa”, el Canal o la FM local, en donde a cada paso se trasluce la influencia del universo de representaciones adventista. No se pasa otra música que no sea religiosa, lenta o folclore, y además se transmite las celebraciones de la Iglesia y los sermones. Estos medios cuentan con la ventaja de ser masivos y estar alcance de todos los habitantes de la ciudad.
Las redes de la Iglesia alcanzan también, el terreno de lo económico y aunque no es propósito en este trabajo ahondar en este tema, pues excede holgadamente, los alcances de nuestra propuesta, pudimos saber que, entre otras cosas, es poseedora de la fábrica Granix, en la que trabajan gran parte de los pobladores de la Villa, desarrolla también actividades agropecuarias como el tambo (perteneciente al CAP), además de una amplia actividad comercial con destacados representantes, como el CEAPE (un autoservicio de abastecimiento), o la librería del C.A.P. En todos los casos, como es de prever, se hallan presentes ciertas patrones de la “cultura adventista” ya sea a través del tipo de productos que elaboran y venden, o de las formas de trabajo que desarrollan, como en el caso de Granix que no trabaja el sábado, o en sus formas de organización interna.
Vemos así como se superponen diversas formas institucionalizadas en la construcción de relaciones sociales y de reproducción de la identidad dominante. Las instituciones actúan como elementos de resguardo y difusión de las formas sociales ya establecidas. La comunidad sirve como ámbito de desarrollo y contención de una cultura local que necesita ser preservada y reproducida y en esto las instituciones juegan un papel fundamental (Safa, 1994).
La identidad se construye, entonces en el ámbito local, entendiendo a éste como el contexto en donde se desarrolla la vida de la comunidad. Podemos afirmar que es “el lugar de resguardo de lo propio, de las relaciones intensas y cercanas que se opone al anonimato característico de la vida urbana buscando las convergencias, los espacios compartidos, lo homogéneo y no la diferenciación” (Safa, 1994). Esto no significa que el grupo sea totalmente homogéneo en su interior ya que sus pobladores son diversos y no vivencian el uso del espacio de la misma manera. Por eso debemos pensar a las comunidades locales no como territorios con fronteras claras y definidas, sino como el ámbito en donde se desenvuelven los procesos de construcción y recreación de la identidad.
Por lo tanto es viable el uso de lo local [7] a fin de captar las formas en las que se produce y reproduce la identidad ya que implica una representación y una práctica de pertenencia a un lugar a partir de las cuales se definen los límites de un territorio que, desde el punto de vista de los sujetos, posee una identidad que lo distingue de otros territorios. Las fronteras de lo local, como construcción social, se precisan con las delimitaciones geo-políticas históricamente definidas en un proceso complejo que combina la biografía y la historia personal, los acuerdos colectivos sobre el sentido de esa identidad y los intereses diversos, en tensión o en conflicto, de los actores sociales interesados en definir el sentido de pertenencia o exclusión, o los usos que se hagan de ese territorio. “Esta identidad es reconocida no sólo por quienes habitan en el lugar sino por el conjunto de la sociedad”. (Safa, 1994).
Bibliografía:
Claval, Paul (1992) “Le theme de la religion dans les
etudes geographiques” en Revista Geographie et cultures N°2,
Université de París-IV.
Claval, Paul (1999) “La Geografía Cultural”
Eudeba. Buenos Aires. 1999.
Flores Fabián (2001) “Espacios religiosos y control
social: el caso de Villa Libertador San Martín (Entre Ríos)”
en Anuario – División Geografía – Universidad Nacional de Luján.
2000-2001
Geertz, Clifford (1996) “Conocimiento Local. Ensayo
sobre la introducción de la cultura” Ed. Paidós.
Safa, Patricia (1994) “De historias locales al estudio
de la diversidad en las sociedades contemporáneas. Una propuesta metodológica”
Guadalajara.
Wensell Egil (1993) “El poder de una esperanza”
Ed. Universidad Adventista del Plata. Villa Libertador General San Martín.

[1]
Becario de Investigación de la Universidad Nacional de Luján.
Departamento de Ciencias Sociales.
[2]
La Iglesia Adventista del Séptimo Día surgió en los Estados Unidos
a mediados del siglo XIX, y su líder fue William Miller, que junto con Ellen
White, son considerados fundadores del movimiento adventista. Si bien pertenecen
a una rama del protestantismo, basan su idea central en dos preceptos: la idea
de que el día sábado debe ser “guardado” y dedicado absolutamente a Dios,
sin realizar otro tipo de actividades que no tengan que ver con lo puramente
religioso. La segunda idea se refiere a la creencia en el pronto advenimiento de
Cristo a la Tierra para lo cual hay que prepararse. La llegada de esta Iglesia a
la Argentina se va a dar hacia las últimas décadas del siglo XIX, en momentos
en que inicia su proceso de expansión mundial, concretando el concepto de “misión”,
pero operando sobre todo, no casualmente nos parece, sobre las poblaciones
migrantes donde los protestantes eran mayoría.
[3]
Véase Flores Fabián “Espacios religiosos y control
social: el caso de Villa Libertador San Martín (Entre Ríos)”
en Anuario – División Geografía – Universidad Nacional de Luján.
2000-2001
[4]
“Los cereales, las frutas oleaginosas y las hortalizas constituyen
el alimento escogido para nosotros por el Creador” (Ellen G. White, Extraído
de Saludándonos, Año 2 N°3)
[5]
El Colegio Adventista del Plata se instala en la zona de Puiggari en
el año 1898 y el Sanatorio Adventista comienza sus actividades en el año 1908.
Amabas instituciones son claves en el proceso de valorización del espacio por
parte de la Iglesia Adventista, en la medida en que no solamente constituyen
“materialidades” del proceso expansivo de la Iglesia, sino que también se
van a transformar en el eje de organización de un espacio cultural en pos de
construir una comunidad con identidad propia.
[6]
Libro de Actas de la Asociación Amigos de Villa Libertador San Martín
(11-9-1967)
[7]
Para un desarrollo más profundo acerca de esto, y sobre todo en lo
que se refiere a la redefinición de conceptos, ver Geertz, Clifford “Conocimiento
local” Ed. Paidos. 1990.
Cadenas Migratorias, Redes Sociales y Espacios Religiosos: El Caso Adventista de Libertador San Martín, en Entre Ríos, Argentina.
Fabián Claudio Flores
Universidad Nacional de Luján (Argentina)
RESUMEN: En el presente trabajo se describen los mecanismos de redes sociales que se establecieron en la Colonia Adventista de Puiggari (Entre Ríos-Argentina) desde fines del siglo XIX, y en dos etapas: una primera, vinculada a cadenas migratorias de ruso-alemanes y una segunda, relacionada a la llegada de inmigrantes adventistas. Se analizan los procesos de transformación en el sistema de creencias de la comunidad ruso-alemana (protestante) y su conversión al adventismo, poniendo énfasis en los medios utilizados por la Iglesia Adventista del Séptimo Día, que juega un papel clave utilizando las redes sociales informales previamente establecidas, y dotándolas de una refuncionalización de acuerdo a sus intereses, tendentes a generar un espacio con identidad propia. Finalmente, se intenta mostrar el modo en que se produjo el cambio social, basado en la transformación de las formas de apropiación del tiempo y el espacio que dieron origen al traspaso de una colonia ruso-alemana a una villa adventista.
Introducción
Villa Libertador General San Martín, nombre actual con el que se conoce a lo que en sus orígenes fue Colonia Puiggari, es una ciudad de la provincia de Entre Ríos que, por las características que presenta como espacio socialmente construido puede ser considerado como un claro ejemplo de lo que podríamos denominar "espacio religioso", en la medida en que entendemos al espacio como un producto de las relaciones gestadas por una sociedad dada a través del tiempo.
No pocos son los estudios que desde la ciencia geográfica, se han realizado para explicar la vinculación entre la configuración de migraciones en cadena y su consecuente influencia en la organización de determinados territorios, pero, en este caso, el trabajo propone un enfoque mucho más cultural del análisis espacial, en donde la "cultura" gestada a partir de las redes de sociabilidad pasa a ocupar un lugar protagónico en el momento de entender la organización del territorio resultante a partir de estos procesos.
"Se trata entonces, de poner acento en las relaciones sociales que se establecen entre los diferentes agentes que intervienen en el proceso de producción del espacio-tiempo. Dichas relaciones se establecen no sólo entre los sujetos, sino fundamentalmente a partir del ordenamiento en el tiempo y espacio de las prácticas sociales y su significación" (Aguado, J. y Portal A, 1992). De ahí que Castells (1977) afirma que desde el punto de vista social no hay espacio sino espacio-tiempo históricamente definido, un espacio construido, trabajado, practicado a partir de relaciones sociales (Castells, 1977) (1) " (...) debiéndose considerar también que los sistemas de representación y la cultura no son sólo productos sino productores de lo social pudiendo influir, sin una relación de inmediatez y transparencia, en los sistemas de representación y prácticas (sociales) que de alguna manera lo precedieron" (Chartier, 1996). Esta óptica nos permite acercarnos a la idea del espacio como una construcción histórica y como una práctica social que da como resultado un espacio cultural ya que a decir de Claval (1999) " (... ) no existe comprensión posible de las formas de organización del espacio contemporáneo y de las tensiones que lo afectan sin tomar en cuenta los dinamismos culturales" (Claval, 1999).
Lo que actualmente se denomina Villa Libertador General San Martín (2) se configura a partir de un proceso que a lo largo del siglo XX consolidó la hegemonía de la Iglesia Adventista del Séptimo Día (3) como agente social clave en dicha organización, pero que no actuó espontáneamente gestando toda una trama de redes de sociabilidad "nuevas", sino que, por el contrario, utilizó las ya entabladas por los ruso-alemanes pioneros y las formalizó en el marco de un proceso expansivo de su sistema cultural. Es por eso que, para una mejor comprensión de dicho proceso, se demarcarán dos etapas en lo que se refiere al establecimiento de las cadenas migratorias: una primera entre 1870 y 1890, relacionada con el arribo y posterior asentamiento de inmigrantes de origen ruso-alemán (aún no adventistas) y la fundación de la colonia Puiggari; y una segunda, que se va a desarrollar entre la última década del siglo XIX y las primeras del siglo XX, vinculada a la llegada en cadena de inmigrantes de origen diverso en cuanto a "etnicidad", pero cuyo eje de articulación va a ser la pertenencia a un mismo credo religioso: en este caso la Iglesia Adventista del Séptimo Día.
El desarrollo de una etapa no implica de ningún modo ruptura con respecto a la precedente, sino que muy por el contrario, continuidad y redireccionamiento. Mientras que en el primer período entran en juego relaciones de tipo informal que generan los mecanismos de las cadenas migratorias entre inmigrantes ruso-alemanes, en el segundo la Iglesia actúa en la cooptación e instrumentación de la red como mediador formal por encima de aquellos informales que siguen ampliando su base y la de la comunidad.
El primer período: Cadenas migratorias de ruso-alemanes a Puiggari
Para comprender el proceso de configuración de cadenas migratorias en esta primera fase debemos situarnos en lo que es el contexto de organización del espacio rural entrerriano que para este período (las tres últimas décadas del siglo XIX) se estaba estructurando bajo la forma de colonias agrícolas promocionadas por el Estado Nacional y Provincial.
Si bien el origen de Puiggari data de 1898, fecha que se reconoce oficialmente como la de su fundación a partir de la instalación del Colegio Adventista del Plata, tenemos que considerar que desde 1870 ya se habían instalado en la zona los primeros pobladores que sentaron la base de la trama social inicial sobre la cual la Iglesia Adventista del Séptimo Día actuó posteriormente desplegando sus redes. Es así que ya se habían establecido en la zona varias familias de inmigrantes ruso-alemanes que, alentados por las ventajas que les ofrecía el estado, habían logrado instalarse en varias de las aldeas que formaban parte de la, por entonces, Colonia Alvear. El conjunto de pobladores que van a dar origen a la colonia ruso-alemana se hallaba disperso en el entorno rural formado por los pequeños pueblos diseminados en los terrenos que configuraban esa mencionada unidad espacial. Entre los inmigrantes se va a destacar uno, en la medida que fue él el hilo conductor, el ego, de la cadena. Se trata de Jorge Riffel, quien con su familia se asentó en la zona de Puiggari hacia 1870 pero, una década después y por motivos económicos, se trasladó hacia los Estados Unidos, donde se encontraba otra rama de su grupo familiar que ya se había convertido al adventismo (4). Tanto las relaciones de vecindad como las de parentesco y amistad parecen haber jugado un papel central en las cadenas migratorias mediante las cuales se establecieron los ruso-alemanes pioneros de la región. La revisión de los archivos de la Universidad Adventista del Plata permitió establecer que, hacia la década del ochenta, se habían instalado en el área alrededor de unas 20 familias ruso-alemanas localizadas en torno a la zona de lo que posteriormente se denominaría Colonia Puiggari , tal como era el caso de las aldeas Jacobi, Protestante, Brasilera y Camarero. La mayoría las familias allí residentes provenían de las aldeas de la Bergseite (orilla occidental de Volga), siendo la Colonia de Saratov la que se transformó en el principal foco expulsor de ruso-alemanes. De esta zona son algunas de las primeras familias instaladas en Entre Ríos, como los Riffel, Hetze, Block, Dietz de Schneider y Lust.
Un análisis más profundo de la sociedad surgida a partir de la llegada de los inmigrantes, nos muestran las condiciones internas en que se desenvolvían las redes. Entre los pioneers (5) podemos mencionar a Godofredo Block, oriundo de Alt Galken (Saratov) y su esposa Catalina Heinze, nacida en las aldeas del Volga. Block era uno de los principales referentes del grupo ya que su vivienda era unas de las pocas que estaban instaladas en lo que posteriormente sería el ejido urbano de Villa Libertador San Martín (hoy Hotel La Colina). Otro era Jorge Lust, originario de Driespitz, un importante terrateniente de la zona y también un referente para la comunidad ruso-alemana ya que, posteriormente (luego de ser uno de los primeros en convertirse al adventismo), terminaría por donar las tierras donde se instalaría el Colegio Adventista (6). Otras familias llegadas a la región y que cumplirían un similar papel fueron los Benhardt, que había arribado desde Galga (Rusia) y se habían instalado en las afueras de Crespo en 1889, dedicándose a la agricultura; los Schneider provenientes de Alt Galken; los Vogel, los Weiss, los Schimpt, luego todos convertidos al adventismo entre la última década del siglo XIX y la primera del siglo XX.
No hay referencias ni fuentes concretas que nos permitan determinar cuáles eran las relaciones establecidas entre los inmigrantes y su patria de origen. Lo cierto es que las condiciones políticas en Rusia no eran las mejores y, para fines de siglo XIX, las persecuciones sufridas por los alemanes del Volga se hicieron mucho más frecuentes de cara a la política de "rusificación" llevada adelante por los zares. De este hecho se desprende la presunción de la relativa escasez de relaciones con parientes o amigos en el Volga ya que la coyuntura política impediría tanto una fluida comunicación epistolar como el eventual retorno de los migrantes. Sin embargo, no ocurría lo mismo con los compatriotas que se habían instalado en otras zonas, como el caso de los emigrados a Brasil o los Estados Unidos, con los que la fluidez de contactos era mucho mayor.
Los ruso-alemanes y la organización del espacio de Colonia Puiggari
Como se mencionaba anteriormente, para las tres últimas décadas del siglo XIX, un grupo de alemanes provenientes de las márgenes del río Volga ya ocupaban el área, valorizándolo y organizándolo en función de un patrón de asentamiento muy propio de los espacios rurales de la época: las colonias agrícolas.
En principio tenemos que considerar que hacia fines de siglo XIX no existía ningún núcleo de población, exceptuando las aldeas fundadas en los alrededores como Spanzekutter, Villa María o Racedo (que para ese período constituyen "pueblos"). Las colonias, en realidad, no superaban las 15 o 20 familias, agrupadas de acuerdo a la zona de origen en el Volga, o bien de acuerdo a la religión que profesaban.
Las redes de sociabilidad se desarrollaban en primera instancia en el seno familiar (donde, por ejemplo, solamente se hablaba el idioma alemán) (7) y continuaban con la educación primaria, también impartida en ese idioma
Pero, retomando la cuestión territorial, vemos que para ese período el espacio muestra un ordenamiento propio que corre por cuenta del Estado, quien les entrega la tierra a los colonos, estableciéndole ciertos parámetros de funcionamiento; aunque son en mayor medida los propios actores sociales los que determinan los espacios para su uso social (colectivo) y otros para uso individual.
Las colonias de los alemanes del Volga, poseen ciertas características comunes; estaban estructuradas a partir de una calle principal (de más o menos 1000 m. de longitud) y otra transversal que la intercepta a los 500 m. de menor importancia, con parcelas rectangulares en donde las casas se disponen con la entrada orientada hacia los costados, con una ventana pequeña hacia el frente del terreno y una calle angosta paralela a aquella principal. La población se concentraba en la Colonia (aldea) y las tierras dedicadas al cultivo de cereales en la periferia, generando un desdoblamiento entre la unidad de explotación y la vivienda. En este sentido, se observa que las relaciones de vecindad, a veces, se veían dificultadas debido a la dispersión espacial de los inmigrantes, sobre todo, en los primeros años de fundación de la Colonia, ya que la movilidad era escasa y la distancia con los vecinos era grande (8). Pero, en años posteriores, cuando lograron consolidarse los primeros "pueblos", las relaciones se fortalecen, no solamente porque la mayor parte de los inmigrantes se concentrarán, entonces, en torno a éstos, sino también porque, en el caso de los ruso-alemanes que habitan el campo, aumenta la movilidad diaria hacia el "pueblo" y el contacto con el resto de sus vecinos; es por eso que la presencia de este tipo de aglomeraciones dinamiza las relaciones y los movimientos. Esto es bien evidente en la Colonia Puiggari a partir de la instalación de la primera iglesia protestante que funcionaba en la localidad de Crespo, donde habitaban la mayoría de los ruso-alemanes de esta profesión religiosa, luego convertidos al adventismo. La presencia del templo genera nuevas relaciones sociales y aumenta los contactos entre la población dispersa, que, al menos, una vez a la semana, generalmente los sábados, se desplazan hacia allí para participar de las celebraciones religiosas, lo que favorece al encuentro con sus pares y al establecimiento de las relaciones sociales más dinámicas.
La ausencia de "lugares" socialmente significativos (Augé, 1995), como las Sociedades de Socorros Mutuos para el caso de los italianos y españoles de residencia urbana en la Argentina, encuentra un paliativo, en este caso en el templo que no solamente cumple funciones de carácter religioso, sino también social en la medida en que se transformas en el lugar de encuentro de los inmigrantes y, por ende, en el espacio ideal donde se verifica la reproducción del patrón cultural, es decir el "espacio cultural" por excelencia, donde podríamos decir, en este sentido, que se transforma en un lugar simbólico, algo así como lo que Lefevre (1976) denominó espacios de representación lugares con una fuerte carga simbólica o de significación. Los espacios de representación, no solo tienen la capacidad de afectar la imagen que uno tiene del lugar en que vive, sino también de actuar con una fuerza de producción material con respecto a las prácticas espaciales y sociales. En la medida en que los fieles incorporen la idea de que es el templo el lugar en donde se pueden encontrar, surge un ámbito de identificación con los valores en los que ellos creen, en las normas de vida con las que se identifican y un punto de encuentro donde poder tomar contacto con aquello que comparten ese universo de creencias o cosmovisión. El templo expresa la conciencia colectiva de esa comunidad y que propende a la reproducción de las normas sociales y culturales del grupo. En el caso de los ruso-alemanes debemos tener en cuenta que la mayoría eran protestantes y, por lo tanto, en casi todas las aldeas se había emplazado un templo que materializaba sus prácticas religiosas. Se denota aquí que se construye un espacio simbólico, a partir de la creación del templo que, en definitiva, reafirma y recuerda el orden social vigente (Claval, 1999).
El segundo período: Cadenas migratorias de Adventistas a Puiggari
Rastrear la historia personal de los Riffel no es útil para poder advertir los cambios que se producen en cuanto a la estructuración de cadenas migratorias y redes de sociabilidad hacia la región, hecho que ocurre en las últimas décadas del siglo XIX y que marca el inicio de una nueva etapa. Los Riffel se habían instalado desde 1870 en la zona, pero hacia 1880 deciden emigrar a los Estados Unidos (9) escapando a las invasiones de langostas que había atacado toda la cosecha de cereales.
A partir de los contactos personales de Jorge Riffel con sus familiares en Kansas, se van estableciendo una serie de "nuevas" relaciones que, como se podrá ver, serán fundamentales en la posterior configuración de las redes sociales. Una cuestión, sin duda central de su estancia en Kansas, es que allí Jorge Riffel (y por iniciativa de su hermano), al igual que su familia, adoptan la fe adventista. Es posible que a partir de entonces y en el marco de un proyecto global de expansión del aparato institucional de la Iglesia Adventista, Riffel se transforme en una especie de "agente" colonizador en la zona de Entre Ríos, sobre todo teniendo en cuenta que su origen ruso-alemán favorecería que el resto de sus coterráneos incorporen con mayor facilidad y confianza la nueva religión traída desde el norte (10). Se inicia así una nueva fase en el desarrollo de los procesos migratorios con destino a Puiggari y el establecimiento de nuevas redes sociales que, a partir de ese momento, girarán no sólo en torno a la etnicidad como en la primera etapa, sino a partir de mecanismos formales que mediante la utilización de Riffel como "agente", hacen que la Iglesia Adventista del Séptimo Día, se despliegue sobre la base de las redes informales establecidas entre los ruso-alemanes en años anteriores.
Desde entonces se inicia un nuevo período migratorio que inaugura el siglo XX, en una zona en donde la Iglesia extiende sus redes a la vez que se materializa en el espacio con la instalación de sus dos instituciones pioneras: el Colegio Adventista del Plata (C.A.P.), primero y el Sanatorio Adventista del Plata (S.A.P), posteriormente.
Si bien, Riffel es clave en la medida en que trae a tres familias ruso-alemanas de la misma aldea, no es en este sentido lo más importante, sino el hecho de que no se trata de cualquier familia, sino de unas ya convertidas al adventismo. Además a la llegada de Riffel ya había otros ruso-alemanes instalados como Hetze, que había llegado con Heinze en 1874, ambos provenientes de la misma aldea en el punto de partida, en donde se combinan las relaciones de amistad y vecindad. Por lo que, es probable que haya existido un contacto previo entre Hetze y Riffel, antes de su partida rumbo a Kansas, ya que ambos habitaron la misma zona en el mismo período temporal en Entre Ríos (11) y esto podría haber permitido el establecimiento de posteriores relaciones entre ambos que favoreció probablemente al traslado de otros inmigrantes a este lugar.
Ante el creciente interés de los colonos ruso-alemanes que habitaban en la zona por convertirse al adventismo, luego de su retorno y prédica inicial, Riffel decidió enviar un informe a la Asociación General de la Iglesia del Séptimo Día, resaltando la necesidad de enviar misioneros a estas tierras y la posibilidad de organizar una Iglesia (la primera de América del Sur) en las afueras de Colonia Puiggari. La respuesta, como era de esperarse, fue inmediata y es así como en pocos meses se inicia un plan sistemático de campaña en toda América del Sur pero con centro en el territorio de Entre Ríos. Los tres primeros inmigrantes adventistas llegados a Puiggari, fueron tres colportores (12) que arribaron a esta zona previo paso por Buenos Aires. En realidad, sólo uno de ellos, A. B. Stauffer, que no casualmente era de origen ruso-alemán, llegó a las colonias mientras que los otros dos, de origen norteamericano Snyder y Nowlin, permanecieron en Buenos Aires. Las publicaciones que trajeron consigo, por otra parte, estaban en idioma alemán e inglés, lo cual lejos de dificultar a la expansión, la fortaleció aún más ya que la población ruso-alemana se sintió identificada con una misión que les hablaba en su idioma.
Este creciente interés de la Iglesia Adventista del Séptimo Día por Argentina se terminó de materializar hacia 1894 con la formación de la primera Iglesia local, la cual contaba con 36 miembros, la mayoría ruso-alemanes conversos. Los bautismos se encuentran registrados en alemán, ya que era el idioma "oficial" de las celebraciones. Sin embargo, este hecho, de una u otra manera marcaría la formalización y definitivo redireccionamiento de la red: es el momento en el que la Iglesia se corporiza como agente, advierte los mecanismos de redes informales establecidos y los comienza a utilizar, transformándolos en una estrategia útil para sus objetivos en el proceso expansivo que ella estaba desarrollando. Junto con este acontecimiento se comienza a pensar en la posibilidad de la instalación de un colegio adventista, sobre todo teniendo en cuenta la escasez de instituciones educativas en los alrededores y la creciente adhesión de los fieles.
Desde entonces, el proceso de ocupación territorial en la zona fue acelerado. En pocos años, la Iglesia habría instalado el primer Colegio Adventista de Sudamérica (C.A.P.) en 1898 y el Sanatorio Adventista del Plata (S.A.P.) en 1908, las dos instituciones "claves" en lo que será la configuración de un espacio con características propias, una "villa adventista", que viniera a reemplazar la configuración anterior dominada por criterios vinculados a la etnicidad. Ambas entidades, no solamente van a constituir materialidades (Santos, 1990) representativas de la expansión institucional del adventismo, sino que también van a ser los dos elementos en torno a los cuales se organice y valorice el territorio, en la medida en que el espacio se convierte entonces en capital (Moraes, 1991).
Desde el punto de vista de la organización y funcionamiento de las redes y cadenas migratorias con destino a Puiggari, el Colegio, particularmente por el tipo de educación que impartía e imparte, y el Sanatorio, van a ser elementos de formalización e institucionalización de las mismas y, a la vez, factores importantes de redireccionamiento y refuncionalización ayudando incluso a reestructurar, a través de los nuevos valores religiosos que definen la sociedad, los límites de un cierto sentido del "nosotros" o de identidad del grupo, "el espacio social de pertenencia" (Devoto, 1988) a partir del cual se organizarán desde ahora las nuevas oleadas migratorias. Así, nuevas redes sociales se van articulando a partir de comienzos del siglo XX, mientras los servicios que ofrece la Iglesia Adventista mediante sus dos instituciones, se transforman en los principales móviles de llegada de los "nuevos" inmigrantes ya no de una nacionalidad o región específica, como los ruso-alemanes de las décadas anteriores, sino partícipes de una migración religiosa, nuevo eje de articulación de las redes, principalmente de prosélitos de esta nueva fe.
Con respecto al perfil de los "nuevos inmigrantes" podemos decir que se advierten dos estrategias bien definidas en cuanto a las formas que adoptan los desplazamientos espaciales y los patrones de emigración en este período. El primero, representado por aquellas familias adventistas (la mayoría de diferentes zonas del país, aunque con un marcado predominio de las Colonias de Santa Fe y Córdoba, como es el caso de San Cristóbal, Malabrigo etc.) cuyo principal móvil es la necesidad de educar a sus hijos en un Colegio que transmita los ideales de vida propios de su religión (13). Se trata, en su mayoría, de familias de sectores sociales medio, medio-alto dedicadas a actividades comerciales o de servicios. Por otro lado, se advierte un importante flujo de inmigrantes adventistas, en su mayoría extranjeros y con un claro predominio de norteamericanos, que llegan para ocupar cargos en las instituciones de la Iglesia o bien para llevar a cabo su proyecto misional en la zona. Estos son, en general, profesionales nombrados por la Asociación General de la Iglesia Adventista y su misión es siempre específica. Dentro de ellos, a la vez, se advierten dos sub-grupos: los colportores, por un lado, en su mayoría estudiantes que se convirtieron al adventismo y que pasan a ser "obreros misionales" como parte del proceso de expansión mundial de este credo, y, por el otro lado, los profesionales que emigran por razones de trabajo para ocupar cargos jerárquicos en las instituciones que van surgiendo, en particular, en el Colegio y en el Sanatorio. Un dato relevante que surge del análisis de la situación específica de los inmigrantes es que la mayoría corresponden a descendientes de ruso-alemanes, lo que nos demostraría la estrategia de la Iglesia de aprovechar e incorporar en cierta medida las redes informales ya establecidas por los inmigrantes y formalizarlas actuando como nuevo agente mediador.
Transformaciones espaciales: de la Colonia ruso-alemana a la Villa Adventista
Como es sabido, en muchos casos, el espacio se confunde con el propio orden social, de modo que sin entender el funcionamiento de la sociedad con sus redes de relaciones y valores no se puede interpretar el modo en que éstas se materializan en formas espaciales. Los antropólogos Aguado y Portal (1992) nos proveen de una idea fundamental para aplicar a nuestro estudio. Ellos sostienen que la reproducción cultural de un grupo (en este caso los adventistas) sólo se hace posible en función del uso, la organización y el control que se ejerce sobre el espacio y el tiempo, es decir, depende de la manera concreta y cotidiana en que un grupo social organiza y consume su tiempo y su territorio. Por lo tanto el espacio y el tiempo serán considerados aquí como espacios y tiempos culturales (14).
"Todo grupo social construye y se apropia del tiempo y del espacio, modificándolo y construyéndose a sí mismo en el proceso a partir de un capital cultural determinado (...) El ordenamiento del tiempo y del espacio va a determinar socialmente las formas de consumo, los lugares y horarios de trabajo, de recreo, para rezar, para curarse, los lugares y tiempos infantiles diferenciados de los usados por los adultos, los espacios para hombres, los espacios para las mujeres, etc." (Aguado y Portal, 1990). A lo largo del proceso de sociabilización que se desarrolla en el seno de cada grupo, se van a dar formas específicas de apropiación del espacio y del tiempo. En este caso juegan un rol básico las instituciones culturales, particularmente la familia en los primeros años y la Iglesia después, que desde luego, trata de imponer sus valores para configurar ciertas características propias al proceso de sociabilización.
Sin embargo, lo novedoso en cuanto a la organización espacial, tiene que ver con la generación de un patrón de uso del suelo, que responde a ciertas formas "panópticas" de ocupación del territorio en donde las instituciones de la Iglesia ocupan el centro, punto de control y disciplinamiento. Este "centro" del espacio corresponde a la representación del poder en sí, ejercida a través de las instituciones disciplinarias que corresponden a la Iglesia. Un predio de casi 300 hectáreas ocupadas por más de veinte edificios propiedad del Colegio Adventista del Plata, la Universidad Adventista y el Sanatorio Adventista del Plata. Es curioso ver la disposición de estos lugares en el espacio, que responden de una u otra manera a la necesidad de ejercer control; amplios espacios entre las edificaciones separadas por zonas verdes con caminos que unen una construcción con otra. En el centro del predio se halla el templo principal, que constituye el "lugar de representación" por excelencia para la comunidad y el punto de control básico para el desarrollo de todas las actividades, especialmente sabáticas. Los espacios de representación son zonas simbólicas con las que la comunidad se identifica a partir de su sistema de creencias. Es la materialización del imaginario colectivo de esa comunidad y, como expresa Harvey (1989), "...no sólo tienen la capacidad de afectar a la representación del espacio, sino la de actuar como una fuerza de producción material con respecto a las prácticas espaciales (...) son invenciones mentales (códigos, signos, discursos espaciales, proyectos utópicos, paisajes imaginarios y hasta construcciones materiales, como espacios simbólicos, ambientes construidos específicos, cuadro, museos etc.) que imaginan nuevos sentidos o nuevas posibilidades de las prácticas espaciales" (Harvey, 1989). La expresión más visible, quizás, de todo este proceso de control, es la "división sexual del espacio", que se materializa en el hogar de varones, y el de señoritas, ubicados en diferentes zonas del predio y separados por amplios espacios abiertos.
Esta división de las construcciones de acuerdo al sexo de los internos también tiene un carácter simbólico mucho más fuerte si además, observamos la estética que presentan, mientras que el hogar de varones está pintado de celeste, el de señoritas lo está de color rosado. Es decir que el objeto material adquiere una forma estética específica con el fin de darle un valor simbólico al espacio en sí. Pero sin embargo, esto va mucho más allá de eso, porque no solamente el interior del edificio es un espacio de varones o de mujeres, sino que están delimitadas ciertas zonas en los alrededores de ambas construcciones en donde solamente pueden acceder o circular individuos de uno u otro sexo, generando así un proceso de segregación "sexual" del espacio cuya expresión material es la construcción de ciertos espacios específicamente "femeninos" y "masculinos". Esta distribución estratégica de los edificios de encierro favorece el control social de los internos y un cumplimiento más adecuado de las normas disciplinarias generadas y reproducidas a través de los valores de la religión. Una vez más, el nuevo sistema cultural organiza el espacio. No solo la cultura produce el espacio sino que, en este caso, el espacio reproduce la cultura.
De la misma manera, el tiempo comienza a ser conceptualizado en función de los valores de la religión adventista, en la medida que se combinan dos tipos de tiempos culturalmente concebidos. Desde un primer punto de vista, lo que se puede observar es la dicotomía planteada entre un tiempo terrenal y el ideal de un tiempo celestial que le da sentido a la existencia humana. Para ellos estamos en la tierra por un "tiempo limitado", determinado por Dios, pero este paso es sólo transitorio, ya que en el "final de los tiempos", con el Advenimiento de Cristo, se iniciará una nueva etapa en donde morarán en el paraíso eterno por siempre, es decir, en un tiempo infinito y paradójicamente "atemporal". Se ve claramente la dualidad en las valoraciones: un tiempo concreto, físico, limitado y terrenal, por oposición a otro eterno, ilimitado, celestial, pero, ambos, productos de la creación divina.
En segundo lugar, deberíamos destacar aquello que se refiere a las prácticas temporales concretas que se expresan, de una u otra forma, en los modos en que consume esa vida material y nos prepara para la llegada del tiempo celestial. En el imaginario adventista el sábado es un día sagrado destinado a las actividades de la Iglesia y nada más. Surge así el concepto de "guardar el sábado" referido a la limitación de realizar todo tipo de actividades no directamente vinculadas a la relación con Dios. Pero esto va más allá y adquiere un carácter simbólico. En realidad, el tiempo no es entendido como la jornada que se inicia a las 0 horas del sábado hasta las 24 horas de ese mismo día, sino que, en los hechos la santidad del sábado comienza con la caída del sol del viernes hasta la puesta del sol del siguiente día. Es, por lo tanto, un "tiempo ideal" no coincidente con el tiempo del reloj. A lo largo de la jornada del sábado las tareas coinciden con un espacio común que es el del Templo (por la mañana): la escuela sabática para los más jóvenes y la celebración religiosa. La mañana muestra actividades sociales, el espacio compartido, el momento de encontrarse, y de identificarse con las prácticas comunes de sociabilidad. La tarde marca el tiempo individual, de las actividades de reflexión, en familia o con grupos de amigos. Pero, en ambos casos, lo que permanece es la idea misma del sábado como un día diferente.
El alcance de esta concepción del tiempo adventista se refleja en algunos aspectos como, por ejemplo, el hecho de que la caída del sol del día viernes marca el cierre de los comercios y la detención de todo tipo de actividad. No se realizan ningún tipo de eventos o ocupaciones que no estén relacionados con la Iglesia (15). Es decir, en las formas en las que el grupo entiende el tiempo y el espacio y lo experimenta a través de una serie de prácticas materiales concretas se va dando el proceso de reproducción cultural de la comunidad, y en esto es clave la Iglesia Adventista del Séptimo Día que, como agente social, organiza y dirige esos procesos.
Como vemos entonces, la configuración de redes en torno a las
relaciones sociales primarias entre inmigrantes ruso-alemanes, en primera
instancia, y adventistas después, generaron un proceso de producción espacial y
temporal que refleja las características y cosmovisiones de cada uno de esos
grupos. El traspaso de la colonia agrícola a una villa adventista, se dio en un
marco de transformaciones en los modos de apropiación del espacio, en donde la
Iglesia Adventista funcionó, desde su llegada, como el principal responsable de
esta transformación, interactuando a través de diversos mecanismos sobre las
redes previas y refuncionalizándolas hacia la construcción de un espacio con
sello propio y de cuyos orígenes quizás, hoy, nadie podría sospechar. Sólo
indagando en las particularidades culturales de la comunidad, podemos entender
el complejo proceso de producción histórica del espacio en donde, sin duda,
"cultura" y "espacio" parecen ser dos conceptos muy próximos y estrechamente
vinculados ente sí.
Notas
(1) Una de las críticas que se le ha hecho a este autor al respecto es la de caracterizar al espacio como una realidad material, como un contenedor de la actividad humana, reduciendo el concepto a la idea de un recipiente ajeno al ordenamiento de las prácticas sociales. Se pretende dejar claro que no se considera al espacio y al tiempo como simples contenedores físicos de la actividad humana, sino que representan al mismo momento al "contenedor" y a los "contenidos" en las prácticas sociales.
(2) Es una ciudad que, de acuerdo a los datos del censo 1991 supera los 5.000 habitantes. Pero, además, es la denominación actual del municipio que se creó en el año 1971 e incluye las localidades de Camarero, Puiggari y Villa Libertador San Martín.
(3) La Iglesia Adventista del Séptimo Día surgió en los Estados Unidos a mediados del siglo XIX, y su líder fue William Miller, que junto con Ellen White, son considerados fundadores del movimiento adventista. Si bien pertenecen a una rama del protestantismo, basan su idea central en dos preceptos: la idea de que el día sábado debe ser "guardado" y dedicado absolutamente a Dios, sin realizar otro tipo de actividades que no tengan que ver con lo puramente religioso. La segunda idea se refiere a la creencia en el pronto advenimiento de Cristo a la Tierra para lo cual hay que prepararse. La llegada de esta Iglesia a la Argentina se va a dar hacia las últimas décadas del siglo XIX, en momentos en que inicia su proceso de expansión mundial, concretando el concepto de "misión", pero operando sobre todo, no casualmente nos parece, sobre las poblaciones migrantes donde los protestantes eran mayoría.
(4) Entre las cartas que reciben los Riffel se encuentra una de Godofredo Riffel, quien vivía en Durham, Kansas, Estados Unidos, y en la misma le cuenta que él y su familia habían aceptado las doctrinas adventistas y le enviaba un estudio relacionado con el tema del sábado.
(5) Véase Romolo Gandolfo (1988).
(6) Entrevistas realizadas a Egil Wensell (23-7-1997); Domingo Daliesi (22-7-1997) y Pastor Meyers (6-2-1998)
(7) Entrevistas realizadas a Jorge Riffel y Fernando Huck (Presidente de la Asociación de los Descendientes de los Alemanes del Volga).
(8) Esta afirmación se deriva de los testimonios escritos de colportores (obreros misionales de la Iglesia) y pionners en donde se hace alusión al hecho de que era muy complicado el desplazamiento por las condiciones de los caminos y las distancias entre las aldeas.
(9) Jorge Riffel tenía familiares emigrados a la zona de Kansas en Estados Unidos en el mismo período que él lo hizo hacia la Argentina.
(10) Jorge Riffel se habría comunicado con anticipación con algunos de los habitantes de la zona para contarles acerca de la nueva religión y algunos de los amigos que radicados en Entre Ríos contestaron que estarían dispuestos a guardar el sábado si hubiera algún otro que lo hiciera y se uniera a ellos. (Entrevistas realizadas a descendientes de los primeros pobladores en Villa Libertador General San Martín). También les había enviado algunas publicaciones como la revista El Faro o The Review y El fin de los Tiempos.
(11) Recordemos que Riffel arriba con su familia a la zona a partir de 1880 y Hetze lo hace con su familia y una familia amiga hacia 1874.
(12) Reciben esa denominación los "obreros" de la Iglesia que se encargan de llevar a cabo las misiones evangelizadoras. No recibían un sueldo sino que se lo tenían que ganar mediante la venta de publicaciones de la Iglesia. Es decir que cumplían un doble rol de vender publicaciones y a la vez captar el mayor número de fieles.
(13) Entrevista a Domingo Daliesi (22-7-1997)-Egil Wensell (23-7-1997)-Elina Obregón (6-2-1998).
(14) Tradicionalmente se ha considerado al tiempo como algo natural que marcaba el inevitable devenir de las cosas. Con el correr de los años, los investigadores replantearon este idea del tiempo "newtoniano" y comenzaron a pensarlo como una construcción social. Cada sociedad particular percibe al tiempo y lo conceptualiza de acuerdo al conjunto de valores y prácticas sociales que desarrolla en el seno mismo de ella. Uno de los primeros en incorporar esta idea de tiempo social (cultural) es Hagerstrand a través del análisis de las rutinas temporales de una sociedad. A partir del seguimiento de estas rutinas temporales reproducidas por los diferentes miembros de la sociedad podemos advertir el conjunto de prácticas que denotan las formas en las que esa sociedad organiza y entiende al tiempo. Las relaciones sociales que desarrollan le dan una forma particular a éste y por lo tanto no podemos realizar un análisis del tiempo sin comprender las formas en las que se desarrolla esa sociedad. "Toda entidad dada implica unas relaciones espaciales particulares y una estructura específica del tiempo" (Urry, 1985).
(15) "El viernes una hora antes de la puesta del sol, los
negocios cerraron, y las calles quedaron desiertas. No se veían autos, ni
bicicletas ni motos. Tampoco se veían chicos, perros ni gatos. Solo silencio. Es
la hora sagrada para los adventistas, comienza el largo día sabático, que
terminará el sábado media hora después que se ponga el sol" (Extraído de Diario
Clarín 18-8-96).
Bibliografía
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SANTOS, M. Por una nueva geografía. Madrid: Espasa, 1990.
URRY, J. Social
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Spatial Structures. Londres: Macmillan, 1985.
© Copyright: Fabián Claudio Flores, 2001
© Copyright: Scripta Nova, 2001
FUENTE ON LINE ORIGINAL DE ESTE ULTIMO ARTICULO: http://www.ub.es/geocrit/sn-94-23.htm
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MIGRACIÓN Y CAMBIO SOCIAL
Número extraordinario dedicado al III Coloquio Internacional de Geocrítica (Actas del Coloquio)